"¿Y
Mónica?"
El
ex ministro de Desarrollo colombiano que estuvo seis años secuestrado por la
guerrilla relata su cautiverio y cómo supo que su esposa se había ido con otro
hombre y tenía un hijo
PILAR
LOZANO - Cartagena
de Indias - 18/01/2007
"¿Y
Mónica?", preguntó a uno de sus hermanos el ex ministro Fernando Araújo
poco antes de iniciar, el pasado cinco de enero, una conferencia de prensa en
la caribeña ciudad de Cartagena de Indias. Era el héroe. Había sobrevivido cinco
días deambulado sin agua ni comida por una montaña inhóspita. El 31 de
diciembre, un ataque militar contra la guerrilla de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC) le había permitido huir del campamento donde
lo tenían prisionero. Había terminado un cautiverio de pesadilla de seis años,
un mes y un día.
"La
libertad no se pierde nunca", corrige Araújo cuando se le pregunta qué se
siente al recuperarla "Leí una vez que, en momentos difíciles, el corazón
no se rompe, se frustra; y el mío se frustró"
"Es
una experiencia que viví y trataré de aprovecharla, de sacar algo positivo para
ser mejor persona" "Necesitaba buena salud para aguantar las marchas,
porque siempre tuve la intención de escapar"
La
primera vez que se vio en un espejo durante el cautiverio: "Me vi y me
impresionó mi cara de secuestrado; estaba muy feo, barbudo"
"Ellos
no tienen la capacidad de simpatizar con el dolor del secuestrado, de entender
el daño tan profundo que le causan"
"No
está. Ella decidió hacer su vida por otro camino", fue la respuesta del
hermano. "Fue mi primer dolor", confesó Araújo. Ya sospechaba que
Mónica Yamhure Gossaín, su segunda esposa, lo había abandonado, pero en el
fondo de su corazón albergaba la esperanza de que ella estuviese esperándolo el
día de su regreso.
Han
pasado ya dos semanas desde que recuperó su libertad. Dos semanas de vértigo:
reencuentro con la familia, con los amigos, análisis clínicos, miles de
llamadas, entrevistas. Este lunes pasó los últimos exámenes médicos. Acaba de
superar una insuficiencia renal aguda. "Es un proceso paulatino; día a día
me he sentido más centrado, he mejorado mi capacidad de concentrarme, he
ganando en autonomía".
"La
libertad no se pierde nunca", corrige Araújo cuando se le pregunta ¿Cómo
es recuperar la libertad? Hoy vive en casa de su madre: "Me lo consiente
todo", dice. Se sigue viendo muy delgado. Cuando dio la conferencia de
prensa, apareció con barba de varios días y la cara herida. Parecía una bolsa
de huesos. Ahora, uno de sus propósitos es engordar. También tiene planeado
tomarse un tiempo para aprender a usar el teléfono móvil, Internet, y todos los
adelantos tecnológicos que no pudo ver aparecer.
Los
primeros días temía estar soñando. "Ya lo superé, soy plenamente consiente
de que estoy libre... estoy viviendo la realidad", se decía. Y no se
siente obligado a olvidar: "Es una experiencia que viví y trataré de
aprovecharla, de sacarle algo positivo, para ser mejor persona". Hoy no
siente ningún vacío "salvo el sentimental, el que deja el haber perdido a
mi esposa". Dice que la entiende: "Una persona que ha sufrido la
privación de su libertad durante seis años debe entender mejor que cualquier
otra que la libertad es la esencia del ser humano. Ella tomó una decisión
libremente y debo respetarla". Ya habló por teléfono con ella.
Fernando
Araújo explicó que había pesado mucho en su decisión su ansiedad de ser madre.
Contó que uno de sus grandes dolores durante el cautiverio había sido el de
pensar que los años fértiles de ella iban a pasar estando él lejos... Que
sentía como una presión interna el tema del sexo, el suyo y el de ella. Entre
sus planes de recién casados estaba tener un hijo. Mónica vive hoy en Bogotá,
se ha juntado con otro hombre y tiene un hijo.
El
secuestro fue el 4 de diciembre de 2000. Ese día Mónica cumplía 29 años. Él
tenía 45. Se habían casado apenas siete meses antes. Era el segundo matrimonio
de Araújo. Del primero tiene cuatro hijos; el menor tiene 15 años.
El
día del secuestro había terminado de trotar y caminaba hacia su casa. "Me
cogieron, di patadas, grité pidiendo auxilio..." Lo obligaron a subirse a
una camioneta, lo tiraron al suelo y le pusieron una pistola y una
ametralladora en la cabeza y en el pecho y le taparon los ojos.
"¿Cuál
es mi responsabilidad como prisionero? se preguntó un día. Había pasado ya un
mes en cautiverio. Decidió entonces que su deber era cuidarse para regresar
sano y salvo: "mi responsabilidad no era estar preocupado por lo que
estuvieran haciendo mis hijos; mi responsabilidad era cuidarme a mí mismo. Tengo
que vivir el presente me dije, y eso significó para mí un subidón emocional
enorme".
Empezó
entonces a disminuir al máximo la ansiedad y el deseo. Los sueños los dejó
intactos; "Mis sueños los mantuve siempre, pero como un deseo
pospuesto". Decidió conservar su buen estado físico. Siempre fue un
deportista y durante años practicó la natación. "Necesitaba hacerlo para
tener buena salud, para aguantar las marchas cuando nos trasladábamos de
campamento a campamento [sólo en el último año estuvo en 26 distintos] y porque
siempre tuve la intención de escapar".
Como
su espacio vital era apenas de tres metros por tres, lo necesario para colgar
la hamaca donde dormía -sus guardianes dormían a su lado, en el suelo- trotaba
en el mismo lugar y hacía flexiones de pecho y de rodillas. No tenía permiso
para caminar por el campamento. Sólo se alejaba de su hamaca para ir al
sanitario, que era un hueco cavado un poco más allá. Para bañarse le traían un
cubo de agua.
Los
primeros tiempos fueron los más duros. Como intentó escaparse el mismo día del
secuestro, permaneció siete meses amarrado de la cintura con una soga a un
árbol. "Eso limitó al máximo mis movimientos; desde el principio me
advirtieron de que el comportamiento de ellos conmigo dependía de cómo me comportara
yo".
Tenía
dos mudas de ropa para cambiarse cada sábado. Disponía de un peine, un cepillo
y pasta de dientes y un rollo de papel higiénico. "Pensaba pedir permiso
para llevarme todo y mostrar a mis hijos que lo importante no es tener mucho
sino contentarse con poco".
Hace
dos años y medio le dieron un espejo por primera vez. "Me vi y me
impresionó mi cara de secuestrado; estaba muy feo, barbudo". No le daban
cuchillas de afeitar por miedo a que se suicidara. Sólo en los últimos seis
meses de cautiverio pudo comer con cuchillo y tenedor.
A
las seis de la tarde se acostaba. "Me dormía rápidamente. Luego me
despertaba a medianoche y tenía dos horas de insomnio; pero me volvía a dormir.
Eso me ayudaba a recortar el día". Fue uno de sus trucos de supervivencia:
alargar al máximo cada cosa que hacía. "Si uno es ministro el tiempo no
alcanza, todo hay que hacerlo lo más rápido posible, pero allá es al revés. En
lugar de bañarme en 10 minutos, me tomaba media hora. También extendía el
tiempo de la comida [Todos los días el mismo menú: arroz, pasta, frijoles y
lentejas]. Así sentía que el tiempo pasaba más rápido".
Llevaba
ya dos años y medio cautivo cuando empezó a intuir que algo pasaba con Mónica.
En Colombia, como hay tantos secuestros, hay programas de radio para que los
familiares de los cautivos les envíen mensajes. Era el día del cumpleaños de
Fernando y no había oído ningún mensaje de Mónica en las emisoras. "Me
dije: será mañana o pasado mañana cuando me mande las felicitaciones... Pero no
llegaron más mensajes".
"Hubo
una pista más: tampoco nadie volvió a mencionar a Mónica...". Seis meses
después de ese día, un mensaje de su papá terminaba diciendo: tus hijos, tus
padres, tus hermanos, tus cuñados, tus sobrinos y yo te deseamos feliz año. No
nombró a Mónica. El padre siempre la nombraba y le contaba todo lo que ella
intentaba hacer aquí y allá para lograr su liberación. Empezó entonces un duelo
muy confuso.
Comenzaron
las mil preguntas ¿Será que enfermó? ¿Habrá muerto? Las respuestas que se daba
eran confusas... A veces creía que todo estaba bien, que no tenía nada de qué
preocuparse; pero a veces le asaltaba la certeza de que lo había abandonado.
"Fueron momentos de mucha confusión y dolor. Lo primero fue sentirme
traicionado ¿Cómo es posible que en este momento la persona que más quiero me
deje solo? No podía comprenderlo. Recordaba una frase que leí una vez: en
momentos difíciles el corazón que no se rompe, se frustra; y el mío se
frustró".
Fernando
quería que alguien le contara la verdad, quería acabar con la incertidumbre.
Decidió hablar con el jefe de los guerrilleros.
-Tengo
una enorme angustia: hace año y medio que no se nada de mi esposa ... ¿Ustedes
saben algo de ella?
-No
sabemos nada; pero le averiguamos.
Al
cabo de los días llegó la respuesta: "Ella se fue", sólo eso le
dijeron.
El
primer aparato de radio se lo dieron siete meses después del secuestro. Durante
ese tiempo, además, le prohibían hablar con los guerrilleros. "Uno de
ellos, sin embargo, me dijo en secreto que había escuchado un mensaje; que toda
mi familia estaba bien". El primer mensaje de su familia lo captó, luego
de mucho esfuerzo y de recorrer de un lado al otro con el dial, cinco meses
después de tener su propio radio. Por las noches escuchaba la BBC de Londres y
Radio Exterior de España.
"Como
quería sacarle provecho a mi condición de secuestrado decidí practicar una
virtud: la paciencia. En el secuestro uno obligatoriamente debe ser paciente.
La paciencia es la cualidad que permite posponer la realización de lo que se
quiere hacer, estar tranquilo... Cada vez que me impacientaba decía: tengo la
capacidad de posponer este deseo... y así fui cultivando la paciencia",
dice con voz pausada.
-¿Nunca,
en esos 2.222 días cautivo, perdió la paciencia?
-No,
nunca. Tenía sentimientos internos de frustración, de dolor, de tristeza y
nostalgia. A veces decía: se me acabó la paciencia ¡Carajo, estoy desesperado!
Pero miraba a mi alrededor y me decía: ¿Qué alternativa tengo? Sólo tener más
paciencia.
Uno
de los momentos más difíciles fue cuando, en octubre pasado, el presidente
Álvaro Uribe cerró la puerta a un acuerdo para intercambiar secuestrados por
guerrilleros de las FARC encarcelados. "Dije: mierda, esto se rompió. Me
sentí muy defraudado ¿Qué hago? Volver a armarme de paciencia... Los momentos
de frustración eran recurrentes. En un momento uno veía una luz y al instante
se apagaba. Entonces pensaba: sembré una semillita; va creciendo, se murió la
planta... Vuelvo y siembro otra semilla de esperanza. Así sean de fantasía, así
sepa uno que no son reales..."
"Mi
angustia aumentó cuando leí una entrevista con Tirofijo [el jefe máximo de las
FARC]. Le preguntaron: ¿Qué pasa si el Gobierno no acepta el intercambio de
prisioneros? Él respondió: permanecerán 30 años secuestrados, los mismos años
que los guerrilleros pasarán en prisión. Empecé a imaginarme cómo sería yo con
70 años... Aunque siempre calculé que el tiempo máximo que estaría cautivo
serían 10 años... Estaba preparado para aguantar lo necesario para
volver a ver a mis hijos".
Araújo
se dio cuenta de que su condición de preso político 'canjeable' le daba ciertas
ventajas. "Como esta clase de secuestros se alargan mucho, ellos necesitan
que estemos en buenas condiciones. Sólo así podemos soportar... Hacen esfuerzos
por disminuir las incomodidades: los mosquitos, las inclemencias del
tiempo...". Le prestaban una tienda para protegerse de la lluvia y las
alimañas. "Me preguntaron un día: '¿Qué quiere comer?' Dije frutas. Y me
llevaron uvas y una pera. Había un guerrillero que hacía panes con dulces y el
más sabroso me lo mandaba".
Dios
aparece todo el tiempo en su relato. "Gracias a Dios logré escaparme...
Dios, dice Araújo, le mostró el camino cuando estaba perdido en los días de la
fuga. Aclara, sin embargo, que no es religioso. "Uno necesita compañía.
Estaba muy solo. Encontró ese compañero en un artículo de opinión que su
hermana publicó en un periódico local. Se titulaba: ¿Por qué me confundo y
me agito ante los problemas de la vida si Jesús está conmigo? Recortó el
artículo, lo guardó y lo memorizó. Hasta lo extendió con sus propias ideas. El
texto lo acompañó durante los seis años... "Me ayudó a mantener una
actitud positiva. Cuando me sentía triste, nostálgico, derrotado, encontraba en
la gratitud la mejor medicina... En lugar de hundirme daba gracias a Dios por
lo bueno de mi vida: los hijos, los padres, los hermanos, los éxitos
personales...".
Además
de la radio tenía dos libretas. En una apuntaba lo que estudiaba, las frases o
temas sobre los que quería profundizar cuando recuperar la libertad. "La
utilizaba para distraer la mente, para estar ocupado". La otra era una
especie de diario. Allí anotaba los mensajes que escuchaba de su familia.
"Luego les contestaba y les contaba lo que me había pasado en esos días
para sentir que mantenía una conversación. También anotaba sentimientos, frases
de amor".
"Las
posibilidades de que me mataran por cualquier razón eran muchas. Yo decía: en
caso de que me maten, que encuentren este documento y sepan que siempre los
recordé, que siempre los quise".
-¿Escribió
sobre Mónica?
-Escribí
sobre el dolor, sobre la incertidumbre. El día que cumplí los seis años cautivo
escribí sobre ella. Fue un acto de fe en el amor, a pesar de saber que me había
dejado. Mónica es una mujer bonita, una amiga, una compañera y una trabajadora
[es médica]. Es inteligente y responsable.
-¿Qué
pasó con las libretas?
-Las
primeras tres me las quitaron y las quemaron. Estuve un año sin nada dónde
escribir. Hubo un mal entendido. Luego de un ataque militar nos trasladamos de
campamento y ellos pensaron que yo había tratado de dejar un rastro sobre mi
presencia allí. Después me pidieron que les diera clases de inglés y aproveché
para pedirles un cuaderno. Lo convertí en mi libreta de notas.
Con
los guerrilleros hablaba poco. Uno de sus temas era el fútbol. También les
habló del dolor por el abandono de Mónica. "Ellos decían: eso cuando salga
se consigue otra... Ellos no tienen la capacidad de simpatizar con el dolor del
secuestrado, de entender el daño tan profundo que le causan".
De
media, la edad de sus secuestradores era de entre 20 y 30 años. "Había una
guerrillera de 19 años que se había unido a la guerrilla con 13. Me tocó verlos
crecer en un contexto cerrado y de mucho adoctrinamiento. Sólo creen en lo que
dicen los comandantes".
Les
ayudaba también a hacer una lista con cinco o seis noticias del día para que
las debatiera en la reunión diaria que hacen los combatientes para analizar el
acontecer diario. "Ellos después deformaba las noticias; les daban la
visión que ellos querían", explica.
Pasaba
semanas sin hablar; "cuando lo iba a hacer no me salía la voz. Lo que
nunca perdí fue el habla conmigo mismo, el diálogo íntimo". En ese diálogo
analizó mucho los sueños. "Fui aprendiendo a interpretarlos... Creo que
son mensajes del pasado inconclusos... Soñaba mucho con el mar... entendí que
en mis sueños reflejaba mi estado de ánimo".
El
pasado 31 de dicienbre a las diez de la mañana oyó que se acercaban unos
helicópteros. No le puso mayor atención; siguió escuchando en la radio un
programa donde la historiadora Diana Uribe hablaba de García Lorca...
"Pero empezaron a disparar contra todo. El ataque creó el instante preciso
para escapar. Pensé: 'o me voy o me matan". Ya se lo habían advertido sus
captores: A las FARC nunca se les escapa nadie. "Yo había decidido que lo
primero que debía hacer era tirarme al suelo, ya tenía un plan para
huir...".
Aprovechó
el desconcierto de sus guardianes y arrastrándose logró salir del campamento.
Durante cinco días estuvo dando vueltas en el mismo lugar, esquivando ruidos
por temor a encontrarse con los guerrilleros. "En un momento tuve la idea
de que me había metido en una trampa. 'De aquí no salgo', dije. Me senté, puse
las manos sobre la cabeza... Imaginé a mis hijos y dije: yo encuentro la salida...".
Encontró por fin un campesino que le indicó el camino hacia un caserío y de ahí
llegó a un destacamento militar.
Hoy,
este hombre que fue durante un año ministro de Desarrollo en el Gobierno de
Andrés Pastrana, tiene un nuevo temor: que intenten volver a cogerlo a él o a
alguien de su familia. Pero confía en Martín Caballero, el comandante del
frente de las FARC responsable de su secuestro. "En la guerra que él
batalla tiene claro el concepto de dignidad. Pienso que va a respetar el hecho
de que huyese. Él tenía la obligación de impedir que yo me escapara y a mí me
tocaba intentar hacerlo".